Page 46 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Para su horror, Lin se retrasaba.
No ayudaba que no fuera una entusiasta del Barrio Óseo.
La arquitectura bastarda de aquel estrafalario distrito le
confundía: un sincretismo del industrialismo y la chillona
ostentación doméstica de los acomodados, el hormigón
pelado de los muelles olvidados y la piel estirada de las
tiendas precarias. Las distintas formas se superponían
aleatorias en aquella zona baja, llena de matorral urbano y
tierra yerma, en la que crecían la maleza y las plantas más
duras que se arrastraban por las llanuras de hormigón y
asfalto.
A Lin le habían dado el nombre de una calle, pero los
carteles a su alrededor yacían rotos en sus peanas, o se caían
hasta el punto en que señalaban direcciones imposibles, o
quedaban ocultos por el óxido, o se contradecían los unos a
los otros. Dejó de concentrarse en ellos y consultó el mapa
abocetado.
Podía orientarse con las Costillas. Miró arriba y las
encontró sobre ella, alzándose vastas hacia el cielo. Solo un
lado de la jaula era visible, las curvas blanqueadas y
ampolladas erectas como una ola ósea a punto de romper
sobre los edificios al este. Lin se acercó a ellos.
Las calles se abrieron a su alrededor y se encontró frente a
otro espacio de aspecto abandonado, aunque muchísimo más
grande que los demás. No parecía una plaza, sino un inmenso
agujero inacabado en la ciudad. Los edificios contiguos no
mostraban sus fachadas principales, sino las medianeras,
como si las prometidas barriadas de frontispicios elegantes
nunca hubieran llegado. Las calles del Barrio Óseo tanteaban
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