Page 47 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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nerviosas aquel solar, con pequeños dedos exploradores de
ladrillo que rápidamente se retiraban.
La hierba sucia estaba moteada aquí y allá por puestos
destartalados, mesas plegables situadas al azar para vender
pasteles baratos, o cuadros viejos, o los restos del ático de
alguien. Los malabaristas callejeros lanzaban objetos al aire
en muestras deslustradas. Había algunos tenderos
inapetentes, y gente de todas las razas se sentaba en las
piedras desperdigadas para leer, comer, limpiarse la mugre o
contemplar los huesos sobre ellos.
Las Costillas se alzaban desde la tierra en los límites del
espacio vacío.
Titánicos fragmentos de marfil amarilleado, más gruesos
que el más viejo de los árboles, explotaban desde el suelo y
se alejaban los unos de los otros, trazando un reviro
ascendente hasta que, a más de treinta metros sobre el suelo,
ya por encima de las cubiertas de las casas cercanas, se
curvaban abruptos para volver a encontrarse. Entonces
volvían a ascender hasta que sus puntas casi se tocaban,
como vastos dedos retorcidos, como una jaula marfileña de
tamaño divino.
Había planes para llenar aquella plaza, para construir
oficinas y viviendas en la vieja cavidad pectoral, pero nunca
se habían concretado.
Las máquinas empleadas en el lugar se rompían con
facilidad y se perdían. El cemento no fraguaba. Algo impío
en aquellos huesos exhumados liberaba a la gravera de
cualquier molestia permanente.
A más de quince metros bajo los pies de Lin, los
arqueólogos habían encontrado vértebras del tamaño de
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