Page 440 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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claramente.

                La sala estaba tan oscura como si hubiera sido amortajada

            con telarañas. Todas las paredes estaban cubiertas de tijeras

            unidas en un extraño diseño. Las herramientas se perseguían

            las unas a las otras como peces predadores; ascendían por el

            techo, se enroscaban sobre sí mismas y sobre las demás en

            convulsos e inquietantes bosquejos geométricos.

                La milicia y sus superiores permanecieron quietos contra

            una pared de la sala. No había fuentes visibles de luz, pero

            podían ver. La atmósfera del lugar parecía monocroma, o

            perturbada  en  algún  modo,  pues  la  claridad  empalidecía

            acobardada.

                Así  permanecieron  durante  largo  rato.  No  había  sonido

            alguno.


                Lenta, silenciosamente, Bentham Rudgutter buscó en la
            bolsa que portaba y saco las grandes tijeras grises que había

            hecho comprar a un ayudante en la tienda de un herrero, en

            el vestíbulo comercial más bajo de la estación de Perdido.


                Las abrió con un ruido acerado y las sostuvo en alto en el

            aire espeso.

                Las cerró. La sala reverberó con el sonido inconfundible

            de  las  dos  hojas  que  se  deslizaban  la  una  contra  la  otra,

            matando su inexorable división.

                Los ecos retumbaron como las moscas en la tela de una

            araña,  deslizándose  hacia  una  oscura  dimensión  en  el

            corazón de la sala.

                Una bocanada de aire frío puso la piel de gallina a todos

            los congregados.


                Los ecos de las tijeras rebotaron.



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