Page 444 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Retrocedían entonces desde esta articulación bajando casi
tres metros y terminaban en puntas lisas y afiladas como
estiletes.
Como una tarántula, la Tejedora alzaba una pata cada vez,
levantándola mucho y bajándola con la delicadeza de un
cirujano o de un artista. Era un movimiento lento, siniestro,
inhumano.
Desde el mismo pliegue intrincado del que emergía ese
gran armazón cuadrúpedo surgían dos juegos de patas más
cortas. El primero, de tres metros de longitud, descansaba
apuntando hacia arriba desde los codos. Cada una de aquellas
delgadas y resistentes puntas de quitina terminaba en una
garra de cuarenta y cinco centímetros, un cruel fragmento
pulimentado de cáscara roja, afilado como un escalpelo. En
la base de cada arma brotaba un rizo de hueso arácnido, un
garfio filudo para desgarrar y rebanar a las presas.
Estos kukris orgánicos se extendían como amplios
cuernos, como lanzas, como ostentosas muestras de
potencial asesino.
Y, frente a ellos, el último par de miembros colgaba hacia
abajo. En su extremo, a medio camino entre la cabeza de la
Tejedora y el suelo, había un par de delgadas y diminutas
manos, con cinco dedos alargados cada una. Solo las puntas
lisas, sin uñas, y la piel de un alienígeno negro nacarado y
absoluto, las distinguían de las de un niño humano.
La Tejedora dobló los codos hacia arriba para juntar
aquellas manos, aplaudiendo y frotando lenta,
incesantemente. Era un movimiento furtivo de horripilante
humanidad, como el de un afectado sacerdote pecador.
Las patas de lanza se acercaron un poco. Las garras rojizas
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