Page 585 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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quitarse siquiera los zapatos. Le pagó doble.
Después de aquello mantuvo la castidad durante largo
tiempo y se sumergió en el trabajo. Un día, un amigo le pidió
que lo acompañara a la exposición de una joven artista
glandular khepri. En una pequeña galería, una sala cavernosa
en el lado más peligroso de Sobek Croix, con vistas a los
ajados setos y oteros en las lindes del parque, conoció a Lin.
Había encontrado sus esculturas cautivadoras y se había
acercado a ella para decírselo. Soportó una lentísima
conversación (ella escribía sus respuestas en la libreta que
siempre portaba), pero aquel ritmo frustrante no socavó la
repentina intimidad y emoción compartidas. Se alejaron del
resto de la pequeña fiesta y examinaron las piezas una a una,
sus retorcidas formas, su torturada geometría.
Después de aquel día se vieron a menudo. Isaac aprendía
de forma subrepticia algunos signos entre un encuentro y
otro, de modo que sus conversaciones se hacían más fáciles
con cada semana que pasaba. Una noche, durante la
presumida y laboriosa gesticulación de un chiste verde,
Isaac, muy borracho, la había tocado con torpeza, y habían
terminado en la cama.
El asunto había sido desmañado y difícil. No podían
besarse como primer paso: las piezas bucales de Lin le
arrancarían la boca de la cara. Durante un momento después
de eyacular, Isaac fue vencido por la repulsión y casi había
vomitado al ver aquellas patas enraizadas de la cabeza, las
antenas agitándose. Lin se sintió insegura de su cuerpo y se
envaró repentina, imprevisiblemente. Cuando despertó,
Isaac se sintió temeroso y horrorizado, aunque más por el
haber transgredido que por la propia transgresión.
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