Page 711 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Las patrullas cactas, agolpadas en la base del Invernadero,
discutían con los ancianos supervivientes.
Shadrach estaba agazapado en un callejón, lejos de la
vista, y sacaba un telescopio en miniatura de un bolsillo
oculto. Lo extendió en toda su longitud y observó a los
soldados congregados.
—No tienen ni idea de lo que hacer —musitó en silencio.
El resto de la banda se apiñaba tras él, pegados a la pared
húmeda. Trataban de pasar lo más desapercibidos que era
posible en las sombras danzantes arrojadas por las antorchas
que parpadeaban y ardían sobre ellos—. Por eso habrán
decretado el toque de queda. Las polillas los están
capturando. Por supuesto, es posible que siempre sea así. Da
igual —se volvió hacia los otros—. Nos va a ser de ayuda.
No era difícil escabullirse invisibles por las calles oscuras
del Invernadero. Su paso no encontraba obstáculos. Seguían
a Pengefinchess, que se mecía con un extraño andar, a medio
camino entre el salto de una rana y el paso de un ladrón en la
noche. Sostenía el arco en una mano, en la otra una flecha de
punta ancha, alabeada, eficaz contra los cactos; aunque no
tuvo que emplearla. Yagharek avanzaba un poco detrás de
ella, dándole instrucciones. En ocasiones la vodyanoi se
detenía y hacía gestos a su espalda apretándose contra la
pared o escondiéndose detrás de un carro o un puesto,
mientras observaba cómo retiraban las cortinas de las
ventanas los más valientes e insensatos para mirar a la calle.
Los cinco constructos simiescos caminaban tras sus
compañeros orgánicos. Sus pesados cuerpos de metal eran
silenciosos, y no emitían más que algunos sonidos extraños.
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