Page 766 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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de tres kilómetros del centro de la ciudad, pero en un mundo
diferente. Calles silenciosas y estrechas y modestos edificios
de viviendas, pequeños parques apologéticos, iglesias y
monumentos que eran verdaderos adefesios, oficinas con
falsas fachadas en una cacofonía de estilos mutables.
Aquí había avenidas. No se parecían en nada a las calles
flanqueadas por vainillos de Galantina o a la Rué Conifer del
Páramo del Queche, magníficamente ornamentada por
hileras de pinos. Sin embargo, en las afueras de Cuña del
Cancro había robles y otros árboles oscuros que escondían
los defectos de la arquitectura. Isaac y Yagharek, cuyos pies
estaban envueltos de nuevo en vendajes y cuya cabeza se
cubría con una capa que acababan de robar, le habían dado
gracias al amparo ofrecido por la sombra de las copas de los
árboles mientras se encaminaban hacia el río.
No había grandes aglomeraciones industriales a lo largo
del Cancro. Las fábricas y talleres y almacenes y puertos se
agolpaban a ambos lados del Alquitrán y del Gran Alquitrán
en el que se convertía la confluencia de los dos ríos. Hasta el
último kilómetro y medio de su existencia, cuando pasaba
junto a la Ciénaga Brock y el millar de desagües de los
laboratorios, el Cancro no se volvía infecto y turbio.
En el norte de la ciudad, en Gidd y el Anillo y aquí, en
Cuña del Cancro, los residentes podían remar en las aguas
del río por placer, un pasatiempo que resultaba inconcebible
más hacia el sur. De modo que Isaac se había dirigido hacia
aquí, donde el tráfico fluvial era mucho menor, para
obedecer las órdenes de la Tejedora.
Habían encontrado una pequeña callejuela que discurría
entre las partes traseras de dos bloques de casas, una fina
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