Page 68 - COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF
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habitantes.
                            El extranjero se echó a reír.
                   -Y yo obtendré mi lingote, como pago por haber
                   participado en este juego tan sórdido.
                   -No soy estúpido. Si lo acepto, lo primero que
                   harías sería salir a contárselo a todo el mundo.
                   -Es un riesgo. Pero no pienso hacerlo; lo juro
                   por mi abuela y por mi salvación eterna.
                   -No basta con eso. Nadie sabe si Dios escucha
                   los juramentos ni si existe la salvación eterna.
                   -Comprenderás que no lo he hecho, porque he
                   erigido una horca nueva en medio del pueblo. Te
                   sería fácil percatarte de cualquier truco, si lo
                   hubiera. Además, aunque yo, ahora, contase nuestra
                   conversación a todos, nadie me creería; sería lo
                   mismo que llegar a Viscos con el tesoro y decir:
                   "Esto es para ustedes, tanto si hacen lo que les
                   ha pedido el extranjero como si no." Estos hombres
                   y estas mujeres están acostumbrados a trabajar
                   duro, a ganar con el sudor de su frente cada
                   céntimo, y nunca admitirían la posibilidad de que
                   les cayera un tesoro del cielo.
                            El extranjero encendió un cigarrillo, apuró su
                   vaso y se levantó de la mesa. Chantal esperaba su
                   respuesta con la puerta abierta y el frío
                   penetraba en el bar.
                   -Si juegas sucio, lo notaré -dijo el hombre-.
                   Estoy acostumbrado a tratar con los seres humanos,
                   igual que tu Ahab.
                   -Estoy convencida de ello. ¿Eso significa que
                   sí? Nuevamente, el hombre asintió con la cabeza.
                   -Y otra cosa: aún crees que el hombre puede ser
                   bueno. De lo contrario, no habrías organizado este
                   montaje tan estúpido sólo para convencerte a ti
                   mismo.
                            Chantal cerró la puerta y caminó por la
                   única calle de Viscos
                   -completamente desierta- llorando sin parar.
                   Sin querer, se había involucrado en el juego;
                   había apostado que los hombres eran buenos, a
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