Page 108 - La Frontera de Cristal
P. 108

Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal



               Ahora no. Un muchacho con velocidad de gamo salió del río, empapado, corrió por la ladera y
            se topó con Mario, con el pecho de Mario, su uniforme verde, sus insignias, sus correas, toda su
            parafernalia de agente, abrazado a él, abrazados los dos, pegados por la humedad del cuerpo del
            ilegal, por el sudor del cuerpo del agente. Quién sabe por qué siguieron abrazados así, jadeando,
            el ilegal por su carrera para evadir a la patrulla, Mario por su carrera para cerrarle el paso... Quién
            sabe por qué cada uno dejó caer la cabeza sobre el hombro del otro, no sólo porque estaban
            exhaustos; por algo más, incomprensible...

               Se separaron para verse.

               —¿Tú eres Mario? —dijo el indocumentado.

               El patrullero dijo que sí.

               —Soy Eloíno. Eloíno, tu ahijado. ¿Ya no te acuerdas? ¡Qué te vas a acordar!

               —Ese nombre no se olvida —logró decir Mario. —El hijo de tus compadres. Te conozco por las
            fotos. Me dijeron que con suerte te iba a encontrar aquí.

                —¿Con suerte?

               —¿Tú no me vas a mandar de regreso, verdad padrino? Eloíno le regaló una sonrisa blanca,
            inmensa, de elote, brillando en la noche, entre los labios mojados.

               —¿Tú qué crees cabroncito? —dijo Mario con rabia.

               —Voy a regresar, Mario, aunque me pesques mil veces, yo vuelvo otras mil. Y una más. Y no
            me llames cabrón, cabrón —volvió a reír y volvió a abrazar a Mario, como sólo dos mexicanos
            saben abrazarse, porque el patrullero no resistió la corriente de cariño, identificación, machismo,
            confianza y hasta confidencia que había en un abrazo bien dado entre hombres en México, más
            entre parientes...

               —Padrino: todos en nuestro pueblo tenemos que venir a trabajar en el verano para pagar las
            deudas del invierno. Usted lo sabe. No nos amuele.

               —Está bien. Al cabo vas a regresar a México, como todos ustedes. Es la única ventaja de este
            asunto. No pueden vivir sin México. No se quedan aquí.

               —Esta vez no, padrino. Ya me dijeron que ahora va a estar más duro que nunca entrar. Esta
            vez me quedo, padrino. Qué le vamos a hacer.

               —Ya sé lo que estás pensando. Antes todo esto fue nuestro. Primero fue nuestro. Volverá a ser
            nuestro.

               —Eso lo pensará usted, padrino, que es hombre de mucho caletre, dice mi mamacita. Yo
            vengo para poder comer.

               —Córrele, ahijado. Haz de cuenta que no nos vimos. Y no me des otro abrazo, que me duele...
            Bastante herido ando.

               —Gracias, padrino, gracias...

               Mario vio alejarse corriendo a este muchacho al que nunca había visto en su vida, qué ahijado
            ni qué ojo de hacha, qué tío ni qué la chingada, el tal Eloíno (¿cómo se llamaría de veras?) leyó el
            nombre de Mario Islas en la gafeta del patrullero, nomás por eso supo su nombre, eso no era el
            misterio, el enigma era otro, saber por qué vivieron esa  ficción,  por  qué  la  aceptaron  tan
                                                           108
   103   104   105   106   107   108   109   110   111   112   113