Page 24 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal



               Salió Becky de la casa y subió con premura al automóvil.

               —Él no estaba. Su madre sí. Se asomó a la ventana a ver el coche. Dijo que hacía mucho que
            nadie la visitaba. Juan está bien. Trabaja en un hospital. Le hice jurar que no le  diría  que
            estuvimos aquí.

                   Todas las noches, Juan Zamora tiene exactamente el mismo sueño. A veces, quisiera soñar
            algo distinto. Se acuesta pensando en otra cosa, pero por más esfuerzos que haga, el sueño de
            siempre regresa siempre, puntualmente. Entonces él se resigna y admite la soberanía del sueño,
            lo convierte en compañero inevitable de sus noches: un sueño amante, un sueño que debe adorar
            a quien visita, porque no se deja expulsar de ese segundo cuerpo del antiguo estudiante y ahora
            joven doctor del Seguro Social Juan Zamora.

               Regresa él, noche tras noche, hasta habitarlo a él, su gemelo, su socio, su camisa mitológica,
            que no se puede mudar sin arrancarle la piel al soñador: sueña con una mezcla de confusión,
            gratitud,  rechazo  y  enamoramiento;  cuando  quisiera escaparse del sueño, lo hace deseando
            intensamente ser poseído de nuevo por el sueño; cuando quisiera adueñarse del sueño, la vida
            cotidiana se asoma con la sonrisa amarga de todas las auroras de Juan Zamora, secuestrándolo
            en los hospitales, las ambulancias, las morgues de su geografía citadina. Secuestrado por la vida,
            rehén del sueño, Juan Zamora regresa todas las noches a Cornell y camina de la mano de Lord
            Jim hacia el puente sobre la barranca. Es el otoño y los árboles vuelven a mostrarse desnudos
            como agujas negras: el cielo ha descendido un par de peldaños pero la barranca es más honda
            que el firmamento y convoca a los dos jóvenes amantes con una promesa mentirosa: el cielo está
            allá abajo, el cielo existe boca arriba, respirando maleza y breña, su aliento es verde, sus brazos
            espinosos: hay que merecer el cielo entregándose a él, poniendo de  cabeza  la  mentira  que
            desubica al paraíso y lo exalta hasta las nubes: el paraíso, de existir, está en la entraña misma de
            la tierra, nos aguarda con su abrazo húmedo, donde se confunden carne y arcilla, donde el gran
            útero  materno  se  confunde con el barro de la creación y la vida nace y renace de su gran
            profundidad genésica, jamás de su ilusión aérea, jamás de las líneas de aviación que falsamente
            unen Nueva York y México, Atlántico y Pacífico, separando, rompiendo la maravillosa unidad de
            los amantes, su androginia perfecta, su identidad siamesa, su bellísima  anormalidad,  su
            monstruosa perfección, para arrojarlos a destinos incompatibles, a  horizontes  opuestos,  ¿qué
            horas son en Seattle cuando en México cae la noche, porqué la ciudad de Jim mira hacia un mar
            jadeante y la ciudad de Juan hacia un polvo inquieto, por qué el aire de la costa es de cristal y el
            aire de la meseta de excremento?

               Entonces  Juan  y  Jim  se  sientan  a horcajadas sobre la baranda del puente y se miran
            profundamente, hasta el fondo de los ojos negros del mexicano y grises del norteamericano, sin
            tocarse,  poseídos  por  sus  miradas,  entendiéndolo todo, aceptándolo todo, sin rencores, sin
            ilusiones, dispuestos a tenerlo, sin embargo, todo, el origen del amor convertido en destino del
            amor, sin separación posible, por más que la vida diaria los escinda..

               Se miran, sonríen, se ponen ambos de pie sobre la cornisa del puente, se toman de la mano y
            saltan los dos al vacío, con los ojos cerrados, pero convencidos de que todas las estaciones se
            han  dado  cita  para mirarlos morir juntos, el invierno regando polvo congelado, el otoño
            lamentando la muerte pasajera del mundo con una voz roja y dorada, el lento verano perezoso y
            verde, y por fin otra primavera, ya no fugaz e imperceptible, sino eterna ésta, una barranca repleta
            de rosas, una caída suave, mortal, hasta el rocío que los baña cogidos de las manos, con los ojos
            cerrados, Lord Jim y Juan, ahora hermanos...

                  Juan Zamora sí. Pidió que les contara todo esto. Siente pena, siente vergüenza, pero tiene
            compasión. Nos ha dado la cara.






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