Page 26 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            exclamación del torero andaluz Cagancho: "¿Hablar inglé? ¡Ni lo mande Dió!" El hecho es que si
            los gringos nos chingaron en 1848 con su "destino manifiesto", ahora México les daría una sopa
            de su propio chocolate, reconquistándolos con mexicanísimas baterías  lingüísticas,  raciales  y
            culinarias.

                 Y el propio Rangel, ¿cómo se comunicaba con sus auditorios universitarios angloparlantes?
            Con un acento aprendido del actor Gilbert Roland, nacido Luis Alonso en Coahuila, y abundantes
            traducciones literales que hacían la delicia de sus oyentes:

                —Let's see if like you snore you sleep.

               —Beggars can't carry big sticks.

               —You don't have a mom or a dad or even a little dog to bark at you.

                Todo  esto  para  que  entiendan  ustedes con qué conflictivos sentimientos llevaba a cabo
            Dionisio "Baco" Rangel, dos veces por año, sus giras por universidades norteamericanas donde el
            espanto de sentarse a cenar a las cinco de la tarde no era nada comparado con el horror de lo
            que a esa hora, en que los mexicanos apenas se están levantando de almorzar, se servía en las
            mesas académicas. Generalmente, el banquete se iniciaba  con  una  ensalada  de  lechuga
            desmayada, coronada con jalea de fresa: este toque, le habían dicho repetidas veces en Missouri,
            Ohio  y Massachusetts, era muy sofisticado y gourmet. Seguía el consabido pollo de hule,
            incortable e inmasticable, servido con elotes duros y un puré de papas enamorado del sabor del
            sobre  de donde salió. El postre era una simulación del strawberry shortcake, pero en versión
            esponja de baño. Por último, un café aguado permitía ver hasta el fondo de la taza y admirar los
            círculos  geológicos  que  diez  mil  porciones  de  veneno habían dejado en ella. Lo mejor, se dijo
            Dionisio, era beber disimuladamente el té helado que a todas horas y en toda ocasión era servido,
            insípidamente, pero al menos con sabrosas rodajas de limón. Rangel las chupaba ávidamente,
            para no acatarrarse durante el viaje.

               ¿Tacañería?  ¿Falta de imaginación? Dionisio Rangel decidió convertirse en el Sherlock
            Holmes de lo que pasa por "cocina" en los Estados Unidos,  conduciendo  una  investigación
            secreta,  somera  y  satisfactoria,  en  hospitales, manicomios y cárceles. ¿Qué descubrió que se
            servía allí? Ensalada con jalea de fresa, cauchesco pollo, esponjoso pastel y traslúcido café. Se
            trataba, concluyó nuestro héroe, de comida institucional, generalizada, cuyas excepciones habrían
            de ser, si no memorables, acaso sorprendentes: profesores, reos, locos y enfermos dictaban el
            tono  de  los  menús  norteamericanos  o, quizás, las universidades, manicomios, cárceles y
            hospitales eran todos servidos por la misma agencia de alimentación.

               Sonriente,  Dionisio,  mientras se afeitaba después del baño matutino —las mejores ideas le
            venían a esa hora y en esa actividad— imaginó una explicación histórica, untándose en la mejilla
            su espuma de Barbasol. Sólo hay grandes cocinas nacionales cuando surgen del  pueblo.  En
            México, Italia, Francia o España, se puede entrar sin temor a la primera fonda del camino, al más
            humilde bistró, a la más concurrida tavola calda, con la seguridad de que algo bueno se sirve allí.
            No son los ricos —le decía Rangel a quien quisiera escucharlo— quienes dictan desde arriba el
            gusto culinario, es el pueblo, el obrero, el campesino, el artesano, el conductor de camiones de
            carga, quien, desde abajo, inventa y consagra los platillos de las grandes cocinas. Y lo hace por
            íntimo respeto a lo que se lleva a la boca.

               La paciencia, el tiempo, explicaba Dionisio en sus clases, ante una manada incomprensible de
            jóvenes con bubble gum en la boca y gorras de béisbol en  la  cabeza:  se  necesita  tiempo  y
            paciencia para preparar un lapin faissandé en Francia, dejando que la liebre se pudra hasta el
            punto exacto de su más sabrosa y sápida amargura (ugh!), amor y paciencia para hacer un suflé
            de huitlacoche en México, empleando el hongo negro y canceroso del maíz, que en otras latitudes
            menos sofisticadas se les sirve a los cerdos (yak!).

               En cambio, no se tiene tiempo o paciencia cuando se trata de freír un par de huevos debajo del
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