Page 29 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
concentrada observación acabó por suscitar sospechas y finalmente la policía lo detuvo por andar
de vagabundo cerca de las autopistas —¿era un terrorista?
Las rarezas norteamericanas solicitaban su atención, le complacía descubrir que debajo de los
lugares comunes sobre la sociedad uniforme, robótica, sin personalidad culinaria (artículo de fe)
se agitaba un mundo multiforme, excéntrico, cuasi—medieval en su fermento corrosivo del orden
impuesto, antes, por Roma y su Iglesia, hoy por Washington y su Capitolio. ¿Cómo iba a
ordenarse un país lleno de locos religiosos que creían a pie juntillas que la fe y no el bisturí
sobraban para curar un tumor pulmonar? ¿Cómo, el mismo país lleno de gente temerosa de
cruzar miradas con otras personas en la calle que podrían resultar cientólogos con derecho a
matarnos si no comulgábamos con sus ideas, asesinos liberados de manicomios y cárceles
sobrepobladas, homosexuales vengativos armados de jeringas contaminadas de HIV, neonazis de
cabeza rapada dispuestos a degollar a toda persona de tez oscura, milicianos libertarios con
bombas listas para acabar con el gobierno haciendo volar las oficinas públicas, bandas de
adolescentes mejor armados que la policía para ejercitar el derecho constitucional de portar
bazukas y volarle la cabeza a cualquier hijo de vecino?
Deslizándose por las paredes de América, con gusto le entregaba Dionisio a un solo país el
apelativo de todo un continente, con gusto sacrificaba ese nombre sin nombre, esa ubicación
fantasmal, "los Estados Unidos de América", que era como llamarse, dijo su amigo el historiador
Daniel Cosío Villegas, "El Borracho de la Esquina" o, pensaba el propio Dionisio, se reducía a una
mera indicación, como "Tercer Piso a la Derecha", por los nombres con prosapia, situación,
historia, México, Argentina, Brasil, Perú, Nicaragua...
Buen mexicano, les concedía a los gringos todo el poder del mundo salvo el de una cultura
aristocrática: México la tenía, al precio, era cierto, de una desigualdad e injusticia abismales,
acaso insuperables. Pero México también tenía formas, maneras, gustos, sutilezas, que
confirmaban una cultura aristocrática: un islote tradicional azotado y a veces inundado, cada vez
más, era cierto, por tormentas de vulgaridad y maneras de comercialización peores, por chafas,
por baratas, por azcarragosas, que las del común norteamericano. Pero en México hasta un
bandido era cortés, hasta un analfabeto, culto, hasta un niño sabía decir buenos días, hasta una
criada sabía caminar con gracia, hasta un político sabía comportarse como una dama, hasta una
dama sabía comportarse como un político, hasta los tullidos eran alambristas y hasta los
revolucionarios tenían el buen gusto de creer en la virgen de Guadalupe.
Nada de esto lo consolaba de los momentos cada vez más prolongados de tedio cincuentón,
cuando las clases terminaban, las conferencias concluían, las muchachas se iban y él debía
regresar solo al hotel, al motel, al Faculty Club...
Quizás fueron estas curiosidades las que condujeron a Dionisio `Baco' Rangel a su más
reciente manera de entretenimiento en California. Pasó semanas sentado frente a esos lugares
que ponían a prueba su paciencia y su buen gusto —los MacDonalds, Kentucky Fried Chicken,
Pizza Hut y, abominación de abominaciones, Taco Bell— con el propósito de contar a los gordos
(y a las gordas) que entraban y salían de esas catedrales del mal comer. Llegó armado de
estadísticas. Hay cuarenta millones de personas obesas en los EEUU, más que en cualquier otro
país del mundo. Gordos, pero en serio: masas de color de rosa, almas perdidas detrás de rollos y
más rollos de carne, hasta hacer perdedizas, también, características como los ojos, la nariz, la
boca, el sexo mismo. Dionisio veía pasar a una gorda de trescientos cincuenta libras de peso y se
preguntaba dónde quedaría la veta de su placer, cómo se llegaría, entre las múltiples lonjas de
sus muslos y sus nalgas, al santoyo de su líbido. ¿Se atrevería el macho a pedir: Amor, tírate un
pedo para que me oriente? Dionisio se rió solo de su vulgaridad, celebrada y perdonada en virtud
de que todo aristócrata hispánico algo le debe a la escatología del máximo poeta de la lengua,
don Francisco de Quevedo y Villegas. Quevedo relaciona nuestro espíritu y nuestro excremento:
seremos polvo, mas polvo enamorado. Esto nos justifica para gozar lo mucho de profano que
tiene la existencia y hacer como Quevedo en el siglo XVIII y nadie hasta Kundera en el XX, el
elogio de las gracias y desgracias del ojo del culo.
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