Page 27 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
covered wagon mientras atacan los pieles rojas y esperando que llegue la caballería del ejército a
salvarnos (whoopee!). Dionisio le hablaba a docenas de émulos de Beavis y Butthead, vástagos
de Wayne's World, legiones de muchachos convencidos de que ser idiotas era la mejor manera de
pasar por el mundo desapercibidos (en algunos casos) o notoriamente (entre otros), pero siempre
dueños de una libertad anárquica y de una sabiduría estúpida, natural, redimida por su propia
imbecilidad sin pretensiones o complicaciones. Saber consistía en no saber. Era la lección funesta
de la película Forrest Gump. Estar siempre disponible para el azar...
¿Cómo iban a entender los sucesores de Forrest Gump que generaciones y más generaciones
de monjas, abuelitas, nanas y solteronas eran indispensables para que sólo una ciudad mexicana,
Puebla, ofreciese más de ochocientas recetas de postres, obra de la paciencia, la tradición, el
amor y la sabiduría? ¿Cómo, ellos cuyo supremo refinamiento consistía en creer que la vida es
como una caja de chocolates, una variada prefabricación, un fatal destino protestante disfrazado
de libre arbitrio? Beavis y Butthead, ese par de majaderos, habrían acabado con las monjitas
poblanas a pastelazos, a las abuelitas las habrían encerrado en un closet a morirse de sed y
hambre, y a las nanas las habrían violado. Favor cual ninguno para las señoritas quedadas.
Los estudiantes de "Baco" lo miraban como un loco y para desmentirlo, lo invitaban a veces a
MacDonalds después de clase, con el aire de proteger a un enajenado o de aliviar a un
menesteroso. ¿Cómo iban a entender que en México un campesino, aunque coma poco, come
bien? La abundancia, eso era lo que celebraban sus estudiantes gringos, exhibiéndose ante el
estrafalario ("weird") conferenciante mexicano con los cachetes llenos de hamburguesas
despanzurradas; las panzas, de pizzas del tamaño de una rueda de carreta; y las manos, de
sandwiches altos como los célebres emparedados de Lorenzo—Dagwood en la tira cómica e
inclinados tan peligrosamente como la torre de pisa. (También hay un imperialismo de las tiras
cómicas. La América Latina recibe los comics norteamericanos pero ellos no publican nunca los
nuestros. Mafalda, Patoruzú, los Supersabios o la Familia Burrón jamás viajan de sur a norte.
Nuestra venganza, mínima, es darles nombres castellanos a la galería de los funnies gringos.
Jiggs and Maggie se convierten en Pancho y Ramona, Mutt and Jeff en Benitín y Eneas, Goofy en
Tribilín, Minnie Mouse en Ratoncita Mimí, Donald Duck en Pato Pascual y Dagwood and Blondie
en Lorenzo y Pepita. Pronto, sin embargo, ni esta libertad nos quedará, y Joe Palooka será
siempre Joe Palooka, no nuestro tergiversado Pancho Tronera.) Abundancia. Sociedad de la
abundancia. Dionisio Rangel quiere ser muy franco y admitir ante ustedes que él no es un asceta
ni un moralista. ¿Cómo puede serlo un sibarita que con semejante sensualidad goza de un
clemole con salsa de rábanos? Pero su pendiente culinaria, tan exquisita, tiene otra ladera
grosera, posesiva, de la cual el pobre crítico de la gastronomía no se siente culpable, pues es
apenas —les ruega que lo comprendan— víctima pasiva de la sociedad de consumo
norteamericana.
Insiste: no es su culpa. ¿Cómo evadir, aunque sea durante dos meses al año en los Estados
Unidos, que el lugar donde uno se encuentre —hotel, motel, apartamento, faculty club,
garconniére o, en casos extremos, trailers— se llene en un abrir y cerrar de ojos de correo
electrónico, cupones, ofrecimientos de toda laya, premios balines asegurándole a uno que se ha
ganado un crucero al Caribe, suscripciones indeseables, montañas de papel, periódicos, revistas
especializadas, catálogos de L. L. Bean, Sears y Neiman Marcus?
Como respuesta a este alud de papeles, multiplicada por mil con el advenimiento del sistema
electrónico E—Mail, solicitudes, falsas tentaciones, Dionisio decidía abandonar su papel receptor,
pasivo, y adoptar otro, emisor, muy activo. En vez de ser la víctima de la avalancha, decidió
comprar la montaña. Es decir, se propuso adquirir todo lo que le ofrecían los anuncios de
televisión, las leches malteadas para adelgazar, los clasificadores para documentos, los CDs
irrepetibles con las mejores canciones de Pat Boone y Rosemary Clooney, las historias ilustradas
de la segunda guerra mundial, los complicadísimos aparatos para entonar y/o desarrollar los
músculos, los platos conmemorativos de la muerte de Elvis Presley o la boda de Carlos y Diana,
la taza conmemorativa del Bicentenario de la independencia, los juegos de té de falso Wedgwood,
los ofrecimientos de viajero frecuente de todas las aerolíneas, los restos de las baratas del día de
cumpleaños de Lincoln y Washington, la bisutería de los espantosos canales vendedores de
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