Page 28 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            anillos, prendedores y collares, los videos de ejercicios de Cathy Lee Crosby, todas las tarjetas de
            crédito habidas y por deber, todo, todo decidió que era irresistible, suyo,  apropiable,  hasta  los
            detergentes mágicos que toda lo limpian, incluso una mancha emblemática de mole poblano.

               Secretamente, conocía las razones de esta voracidad adquisitiva. Una era confiar en que si él
            aceptaba expansiva, generosamente, lo que los Estados Unidos  le  ofrecían  —regímenes  para
            adelgazar, detergentes, canciones de los cincuenta—, los Estados Unidos acabarían por aceptar
            lo que él les ofrecía —paciencia y gusto para cocinar un buen escabeche victorioso—. La otra era
            vengarse de los premios que, llamado a concursar en televisión, Dionisio iba acumulando, otra
            vez, pasivamente. Su infinita erudición culinaria le facilitaba aparecer en quizz shows y ganar no
            sólo en la categoría gastronómica sino en todas las demás. Cocina y  sexo  son  dos  placeres
            indispensables, más aquélla que éste, pues se puede comer sin amar, pero no se puede amar sin
            comer, y el que sabe de paladares culinarios o culinarios paladares,  sabe  todo:  en  torno  a  un
            beso, o a un chilpachole de jaiba, se organiza toda una sabiduría histórica, científica  y,  aun,
            política. ¿Dónde se originó el cocktail? En Campeche, entre marinos ingleses que mezclaban sus
            bebidas con el condimento local llamado cola de gallo. ¿Quién consagró el chocolate como bebida
            aceptable en sociedad? Luis XIV en Versalles, después de que el brebaje azteca fue considerado
            durante dos siglos un veneno amargo. ¿Por qué fue prohibida en la vieja Rusia la papa por la
            iglesia ortodoxa? Porque no era mencionada en la Biblia y debía, por ello, ser producto diabólico.
            En esto, los popes tenían razón: son las papas base del diabólico vodka.

               La verdad es que Rangel hacía estos circos para darse a conocer ante públicos más amplios,
            más que para ganar las lavadoras automáticas, las aspiradoras y  los viajes a Acapulco con que
            sus éxitos eran premiados.

               Además, había que llenar las horas...

               Zorro plateado, hombre interesante, galán maduro, Dionisio "Baco" Rangel era, a los cincuenta
            y un años, un poco la copia de ese modelo cinematográfico representado en el cine mexicano por
            el late (en todos sentidos) Arturo de Córdova (escaleras de mármol y alcatraces de plástico como
            fondo para amores neuróticos con inocentes niñas de quince años y  vengativas  madres  de
            cuarenta, todas ellas reducidas a su justa medida por la memorable y lapidaria frase del galán
            otoñal: "No tiene la menor importancia"). Aunque, con mayor autogenerosidad, Dionisio, al mirarse
            en el espejo mientras se rasuraba cada mañana (Barbasol, Buenas Ideas), se decía que nada le
            envidiaba a Vittorio de Sicca, emigrado de las películas de teléfono blanco y las sábanas de satín,
            en la Italia fascista, para convertirse en el supremo director  neorrealista  de  niños  limpiabotas,
            bicicletas robadas y ancianos sin más compañía que un perro. Pero, ¡qué guapo, qué elegante,
            qué rodeado siempre de Ginas y Sofías y Claudias! A esta suma de experiencias, cobijadas bajo
            la tersura de las apariencias, aspiraba nuestro compatriota Dionisio "Baco" Rangel, a medida que
            iba almacenando todos sus productos norteamericanos en un depósito suburbano de la ciudad
            fronteriza de San Diego, California.

               Sólo  que  las  muchachas  ya no acudían espontáneas al galán otoñal. Sólo que su estilo
            chocaba demasiado con el de las jóvenes de hoy. Sólo que mirándose al espejo (cubierto de
            Barbasol, desprovisto de Buenas Ideas) aceptaba que después de Cierta Edad un galán ha de ser
            circunspecto, elegante, tranquilo, a fin de no caer en el ridículo máximo del Don Juan viejo, el
            Fernando Rey de Viridiana, que sólo posee a las vírgenes si primero las dopa y les toca el Mesías
            de Hándel.

               —Unhandel me, sire.

               Por eso, en sus giras por las universidades  y  los  estudios  de  televisión  norteamericanos,
            Dionisio tenía que pasar muchas horas solitarias, gastando su melancolía en fútiles reflexiones.
            California era su zona de operaciones fatal y hubo una temporada en la que se pasó momentos
            muertos en Los Ángeles mirando el paso de los automóviles por el sistema de autopistas de la
            ciudad sin cabeza, imaginando que asistía al equivalente moderno de una justa medieval, en la
            que  cada  conductor era un caballero sin tacha y cada automóvil un caballo armado. Pero su
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