Page 31 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
un vesubio de salsa de tomate. Un Chez Montmartre's prometía comida espantosa y meseros
altaneros. Un ¡Viva Villa! le condenaba al más deleznable texmex con bigotes. Optó por un
American Grill que, al menos, haría excelentes Bloody Marys y que, desde afuera, lucía limpio,
hasta reluciente, en su explotación del cromo en las mesas, el cuero en las sillas, la barra
niquelada y el juego de espejos. Un laberinto de azogue, en realidad, hecho para que cada
comensal, si lo deseaba, pudiera mirarse reflejado sin dejar de mirar a su acompañante; o mirarse
todo el tiempo para compensar el tedio de la comida.
Se sentó y un joven guapo, rubio, vestido como mesero del fin de siglo, le ofreció la carta.
Dionisio había escogido un lugar apartado, con vista sobre la pista de patinaje, pero no tardaron
en sentarse en la mesa de al lado dos viejillos encorvados aunque enérgicos, enojados,
repelones, con gorras de tela seersucker, cardigans blancos y pantalones azules también. Se
sentaron armando ruido y arrastrando sus zapatos tenis Nike.
—A ver. Para empezar —consultó Dionisio el menú—.
—Dame pruebas— dijo uno de los ancianos cascarrabias.
—No tengo por qué. Sabes que no es cierto —le dijo su compañero—.
—Un cóctel de camarones.
—No sacaste nada de ese negocio. —No sé por qué sigo discutiendo George—.
—No, sin salsa. Sólo limón.
—Te advertí que ibas a la ruina.
—Te lo dije, te lo dije, te lo digo, ¿no tienes otra cantinela?
—¿Cuál es la sopa del día? —No sabes nada—.
—Lo vi venir de lejos, Nathan. Te lo advertí. –Vychisoisse—.
—Te digo que no sabes nada.
—¿Que no sé nada? ¿Tú sabes que la mitad de los barcos mercantes en la segunda guerra
mundial se perdieron?
—Pruébalo. Lo acabas de inventar. —Un steak en seguida. —¿Quieres apostar?
—Claro. Siempre gano las apuestas contigo. Eres un ignorante, George.
—Término medio.
—¿Tú sabes qué es la gravedad? —No, y tú tampoco. —Es una fuerza magnética.
—No, sin jardinería. El puro steak.
—A ver: ¿hay gravedad a la orilla del mar? —No, es cero—.
—¡Ah!, qué profunda sabiduría. No se te puede engañar.
—Apuesta lo que quieras. —Apuesto, Nathan—.
—No, muchacho, no me gustan las papas asadas, con o sin crema agria.
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