Page 30 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


               El desfile contemplado le debía mucho más, sin embargo, a Fernando Botero y sus adiposos
            repartos de cortesanas inmensas que Rubens no llegó a imaginar, curas obesos, niños hinchados,
            generales a punto de reventar... ¡Cuarenta millones de gordos gringos! ¿Eran sólo el resultado de
            la mala alimentación? ¿Por qué sólo se daban en los Estados Unidos y no en España, en México
            o Italia, a pesar de las butifarras y los tamales y los tallarines? En la panza de cada panzón que
            pasaba, adivinaba Dionisio millones de bolsas de celofán  guardando  celosamente,  en  el  vacío
            previo a la plétora, miles de millones de papas fritas, palomitas de maíz, melcochas cubiertas de
            nuez y chocolate, cereales audibles, montañas de helado tricolor coronado de  cacahuates  y
            caramelo caliente, hamburguesas duras y delgadas como suela de zapato hechas con carne de
            perro pero servidas entre túmulos de pan gordo, insípido, inflado, la hostia nacional americana
            embarrada de ketchup (Ésta Es Mi Sangre) y cargada de calorías (Éste Es Mi Cuerpo)... Nalgas
            como  esponja,  manos  húmedas  y transparentes como gelatina, piel rosa deteniendo la masa
            contenida del pus, la sangre y las escamas...: las vio pasar.

               Y sin embargo, perversa, inexplicablemente, Dionisio "Baco" Rangel, al ver el  paso
            multitudinario de las gordas, empezó a sentir una comezón sexual comparable a la de la primera
            excitación, dulce, imprevisible,  alarmante,  inexplicable, de los trece años. No, no la primera
            masturbación, hecho ya volitivo y racional, sino el  florecer  primero  del  sexo,  asombroso,
            impensable antes de que sucediera... El primer semen derramado por el joven  que  en  ese
            momento era siempre el primer hombre, Adán, nada, nadando en semen.

               Esta  intuición  perturbó  profundamente  al  solitario e itinerante gourmet. Sí, en México no
            faltaban señoras muy distinguidas de cincuenta y hasta cuarenta años dispuestas a acompañarle
            a comer en Bellinghausen, cenar en el Estoril, oír un concierto en el festival del Centro Histórico
            organizado por Francesca Saldívar, o ir a conferencias de sus dos antiguos colegas de Los Niños
            Catedráticos, sus contemporáneos José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. Y sí, algunas  de
            estas señoras aceptaban gustosas un acostón de tarde en tarde, pero era muy tarde, también,
            para aprender las mañas de ellas o enseñarles a ellas las de Dionisio. Ni ellas tenían por qué
            saber que nada lo excitaba a él tanto como una mano de mujer en la nuca, ni él tenía que saber a
            quiénes les gustaba que les chupara un pezón y a quiénes no, porque eso les dolía mucho: ¡ouch!
            La  muerte  de  su  amigo el novelista ecuatoriano Marcelo Chiriboga, especialista en amar a las
            gordas, le privó del placer de comparar notas con ese sabio, ignorado y sensual escritor, quien
            ahora, a la vera de Dios, repetiría la consabida oración de los habitantes de la antigua capital
            incásica conquistada por Sebastián de Belalcázar: "En la tierra, Quito, y en el cielo un hoyito para
            ver a Quito." Ahora, Dionisio sólo quería un hoyito para ver el hoyito de una gordita.

               El desfile de las gordas tuvo en él un efecto singular, novedoso. Empezó por imaginarse en
            brazos de una de estas inmensas mujeres, perdido en frondosidades comparables a las de un
            bosque de helechos carnosos, en busca de las joyas secretas, las  puntas  diamantinas,  los
            terciopelos escondidos y las lisuras nacaradas, las humedades invisibles de LAS GORDAS. Mas
            por ser Dionisio, Dionisio (un caballero mexicano discreto, atildado y reconocido) no se atrevió a
            cumplir ipso facto el impulso de su imaginación y su carne, que era acercarse al obeso objeto de
            su deseo y solicitarla, exponiéndose a un descontón o, con suerte, a una aceptación. Aquél, por
            impactante  que  fuese,  le  resultaba,  sin  embargo, menos doloroso que, no el rechazo, sino el
            consentimiento  de  una tarde de amor: jamás había querido a una gorda, no sabía por dónde
            tomarla, qué cosa decirle y qué no decirle, cuál era, en suma, el protocolo erótico con las mujeres
            muy  obesas.  ¿Cómo  iba,  por  ejemplo, a ofrecerles de comer sin, quizás, ofenderlas? ¿Qué
            monerías esperaba una gorda que no la empequeñecieran o burlaran (véngase mi chiquita, tus
            ojitos tan lindos, diminutivos ofensivos, tus ojazos tan grandes, tus inmensas tetas, aumentativos
            verboten). Dionisio temió perder toda naturalidad y en consecuencia toda efectividad: se resignó a
            no abordar a ninguna Gorda que salía del Kentucky  Fried,  pero  la  abundancia  misma  de  las
            mujeres por primera vez deseadas lo llevó, por asociaciones fáciles  de  entender,  a  pensar  en
            comida,  a compensar la imposibilidad erótica con la posibilidad culinaria, a comerse lo que no
            podía cogerse...

                Estaba en un centro comercial al Norte de San Diego. Buscó en el directorio el restorán que le
            pareció menos malo. Un O Sole Mio le aseguraba pasta hecha hace una semana disfrazada bajo
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