Page 264 - Portico - Frederik Pohl
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Por lo menos, no lo negó cuando yo se lo pregunté; se
limitó a mirarme despectivamente y no me contestó.
Incluso Shicky estuvo a punto de irse. Fue derrotado
apenas una hora antes del lanzamiento por el mu‐
chacho finlandés que nunca había encontrado a nadie
con quien hablar; había cuatro sauditas que querían
permanecer juntos, y escogieron al joven finlandés
para llenar una Cinco. Louise Forehand tampoco se
marchó, pues esperaba el regreso de algún miembro de
su familia, a fin de preservar una especie de conti‐
nuidad. Ahora podías comer en el economato de la
Corporación sin necesidad de hacer cola, y había
habitaciones vacías en ambos lados de mi túnel. Y, una
noche, Klara me dijo:
‐ Bob, creo que voy a ir a un psiquiatra.
Di un salto. Fue una sorpresa. Peor que esto, una
traición. Klara sabía lo de mi primer episodio psicópata
y lo que yo pensaba de los psicoterapeutas.
Retuve las primeras diez o doce cosas que se me
ocurrieron decirle, tácticas: «Me alegro; ya era hora»;
hipócritas: «Me alegro, y no dejes de decirme en qué
puedo ayudarte»; estratégicas: «Me alegro, y quizá
también yo debiera ir, si pudiese permitírmelo».
Contuve la única respuesta sincera, que habría sido:
«Interpreto este movimiento de tu parte como una
condena que me haces a mí mismo por hacerte doblar
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