Page 322 - Portico - Frederik Pohl
P. 322
Estaba dando media vuelta, dispuesto a irme a
acostar, cuando observé que los colores del sistema de
conducción Heechee se disolvían. Era el
quincuagésimo quinto día de viaje, el vigésimo sép‐
timo desde el cambio de posición. Los colores habían
sido rosas durante esos cincuenta y cinco días. Ahora
se habían transformado en espirales de un blanco
purísimo, que aumentaban de tamaño y se confundían
entre sí.
¡Estaba llegando! Cualquiera que fuese el lugar hacia
donde me dirigía, estaba llegando.
Mi pequeña y vieja nave ‐ el apestoso, minúsculo y
tedioso ataúd donde estaba encerrado desde hacía casi
dos meses, hablando conmigo mismo, jugando
conmigo mismo, cansado de mí mismo ‐ avanzaba a
velocidad muy inferior a la de la luz. Me acerqué a la
pantalla de navegación, ahora relativamente «baja»
respecto a mí porque había estado decelerando, y no vi
nada que me pareciese interesante. Oh, había una
estrella, desde luego. Había muchísimas estrellas,
agrupadas de una forma que no parecía conocida;
media docena de azules que iban desde una brillante
hasta otra cegadora; una roja que se destacaba más por
su intensidad cromática que por su luminosidad. Era
como un carbón al rojo vivo, no mucho más brillante
que Marte visto desde la Tierra, pero de un rojo más
subido.
321

