Page 345 - Portico - Frederik Pohl
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habitación contigua, la oí decir a una de sus amigas que

            yo era un muchacho fantástico. Estaba orgullosa de mí.


            No  recuerdo  lo  que  había  hecho,  algo,  ganado  un

            premio  o  conseguido  un  empleo,  pero  en  aquel

            momento estaba orgullosa de mí y me quería, y así lo


            dijo... pero no a mí.

               ‐ Te ruego que continúes, Bob ‐ me dice Sigfrid al cabo


            de un minuto.

               ‐ ¡Ya va! Espera un segundo. Es muy doloroso; creo

            que es lo que tú llamas dolor fundamental.


               ‐ No eres tú quien ha de diagnosticar, Bob. Limítate a

            hablar. Dilo.

               ‐ Oh, mierda.


               Alargo el brazo para coger un cigarrillo, pero cambio

            de opinión. Esto suele ser un buen recurso cuando las

            cosas se ponen difíciles con Sigfrid, pues casi siempre


            le distrae hacia una discusión sobre si intento aliviar la

            tensión  en  vez  de  afrontarla;  pero  esta  vez  estoy


            demasiado  asqueado  de  mí  mismo,  de  Sigfrid,  e  in‐

            cluso de mi madre. Quiero acabar de una vez. Digo:

               ‐ Mira, Sigfrid, la cuestión es ésta: yo quería mucho a


            mi madre, y sé... ¡sabía!... que ella también me quería.

            Pero no lo demostraba nunca.


               De repente me doy cuenta de que tengo un cigarrillo

            en las manos y le estoy dando vueltas sin encenderlo y,

            aunque me parezca imposible, Sigfrid ni siquiera lo ha


            comentado. Me decido a hablar claramente:




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