Page 159 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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camino como si de un mero montón de muñecas de
trapo se tratase.
Se levanta una racha de viento. La tenaza que le
oprime la garganta se esfuma. Alguien profiere un
alarido, y el ágora se inunda con los ecos de una
estampida. Mieli abre los ojos.
Ante ella, suspendido en el aire, hay un hombre
vestido de negro y plateado, con un bastón en la mano
y los zapatos meticulosamente pulidos alejados dos
metros del suelo. A su alrededor danza un remolino,
ondulaciones de calor de las que se desprende el
inconfundible olor a ozono de la niebla útil de
combate. No sabía que aquí tuvieran de eso, piensa Mieli.
Unas manos forjadas en vapor abrasador inmovilizan
en el suelo a los agresores enmascarados: estructuras
invisibles formadas por innumerables nanitas que
actúan como extensiones de las mangas negras del
hombre. Otros mendigos cruzan corriendo el
perímetro del agora, se transforman en borrones de
gevulot y se escabullen entre la multitud.
—¿Estás bien? —pregunta el hombre, cuya voz es
extraordinariamente profunda. Al posarse junto a
Mieli, sus zapatos tocan el mármol con un golpe seco.
Una máscara de metal bruñido le cubre toda la
cabeza: Mieli está segura de que se trata de una
burbuja de puntos‐q. Le tiende una mano embutida
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