Page 351 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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           El ladrón en el inframundo



           PROGRAMAMOS  mi  muerte  para  la  mañana


           siguiente, en el Refugio del Tiempo Perdido. Aquí es


           donde los mendigos de Tiempo acuden a exhalar su


           último  aliento.  Se  trata  de  un  ágora,  con  oscuras


           estatuas de bronce de muerte, huesos y sufrimiento.


           Y  también  se  trata  de  una  atracción,  diseñada  para


           conceder a los actores un puñado extra de preciados


           segundos.



           —¡Tiempo, Tiempo, se agota el Tiempo! —grito a una


           pareja que pasa, sacudiendo un instrumento musical


           hecho de huesos imprimidos en la fabricadora. A mi


           espalda, dos pordioseros hacen el amor a la sombra


           de las estatuas como si se fuera a acabar el mundo. Un


           grupo  de  morituri  desnudos  con  la  cara  pintada


           ejecuta una danza salvaje, retorciendo y contoneando


           sus pálidas figuras.



           Tengo  la  garganta  ronca  de  gritar  a  los  turistas


           extraplanetarios que componen el grueso del público.


           Un ganimedeano de aspecto perplejo, embutido en un


           estilizado  exoesqueleto,  no  deja  de  arrojarnos


           miguitas de Tiempo como quien echa de comer a las


           palomas, a todas luces sin entender de qué va esto.



           No exageres, dice Mieli dentro de mi cabeza. Observa


           entre la multitud, atenta a la danse macabre de la plaza.





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