Page 388 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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extienden hasta el nivel molecular. Y el material es
algo que la lupa ni siquiera reconoce, algo parecido a
lo que llama materia‐q zoku, pero más denso: a pesar
de su relativamente pequeño tamaño, la estructura
debe de ser inmensamente pesada. Bajo la superficie,
no parece tanto una obra de arquitectura como una
parte de alguna máquina inimaginable en su
complejidad, congelada en el tiempo.
¿Y hay nueve de éstas? Isidore se llena los pulmones de
aire. A lo mejor sí que esto me supera.
Sumido en sus pensamientos, empieza a caminar
hacia la siguiente Reflexión, a escasos cientos de
metros de distancia, confiando en que su sentido de
la orientación baste para guiarlo por el Laberinto.
¿Qué relación guarda todo esto con Unruh?, piensa.
¿Tiempo, castillos de la memoria, cualidades de Dios?
Quizá no tenga ningún sentido: puede que le Flambeur esté
loco. Pero todos sus instintos le dicen que hay una
lógica aquí; que todo hasta la fecha no es más que la
punta de un inmenso iceberg.
Lo sobresalta un ruido repentino. La silueta de un
patinador se recorta en lo alto de un tejado cercano.
Ésta es una de las partes del Laberinto donde se
interrumpieron las obras cuando la fluctuación de las
plataformas de la ciudad la dejaron en una posición
desfavorable: aquí todo está a medio terminar y
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