Page 394 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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Adrián Wu tenía razón. Y percibe un perfume, una
fragancia vagamente conífera…
—No te estoy pidiendo que me hagas caso —dice el
tzaddik—. Tan sólo que tengas cuidado.
El beso arde aún en su frente cuando Isidore abre los
ojos. Lo envuelve de improviso un bullicio de
actividad y voces: Resurrectores y Aletargados
sanitarios uniformados de blanco y rojo. Pero el
tzaddik se ha esfumado. Unas luces deslumbran de
nuevo a Isidore, que cierra los ojos. Como fuegos
artificiales, piensa. Y con eso, justo antes de la
oscuridad, viene una pregunta.
¿Cómo sabía el tzaddik lo de los fuegos artificiales?
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El ladrón y la diosa
MIELI y yo nos quedamos mirando fijamente al
desconocido, que se levanta y se pone la chaqueta.
—¿A alguien le apetece un trago? —Se acerca a la
fabricadora y se llena la copa—. Me temo que fui y me
serví mientras esperaba. Entiendo que estáis de
celebración, y no me extraña. —Da un sorbo—.
Habéis dado un golpe impresionante. Lo hemos
seguido con interés.
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