Page 508 - La Era Del Diamante - Neal Stephenson
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del habla no era exactamente el adecuado. Pero a la


              niña no le importaba. La niña estaba enganchada.





                  El  juez  Fang  se  puso  en  pie  para  encontrarse


              rodeado  por  cientos  de  niñas  pequeñas,  todas


              mirando el pequeño libro de jade, de puntillas, con


              las bocas abiertas.





                 Finalmente  había  sido  capaz  de  hacer  algo


              claramente bueno con su posición. En la República


              Costera  no  hubiese  sido  posible;  en  el  Reino


              Medio,  que  seguía  las  palabras  y  el  espíritu  del


              Maestro,              era         simplemente                   parte           de        sus


              obligaciones.





                 Se volvió y abandonó la habitación; ninguna de


              las niñas se dio cuenta, lo que estaba bien, porque


              podrían haber visto el temblor en sus labios y las


              lágrimas  en  sus  ojos.  Al  dirigirse  por  los


              corredores  hacia  la  cubierta  superior  donde  le


              esperaba su nave aérea, repasó por milésima vez la


              Gran  Enseñanza,  el  núcleo  del  pensamiento  del


              Maestro: «Los ancianos que deseaban demostrar la


              virtud  ilustre  al  reino,  primero  ordenaban  sus


              propias  casas.  Deseando  ordenar  sus  casas,  pri‐


              mero regulaban a sus familias. Deseando regular a


              sus  familias,  cultivaban  primero  sus  personas.


              Deseando                 cultivar            sus         personas,               primero


                                                                                                          508
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