Page 494 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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una bola de hierro como las que mantienen en
equilibrio a los tentetiesos, sólo que en mi caso
producía el efecto contrario.
Las marcas de dientes que me habían quedado
impresas en la mano hicieron que me acordara de todo.
Albergaba una tímida esperanza: ¿Y si resultaba
que ambas salidas nocturnas habían sido un sueño?
¿No sería que la noche anterior me había emborrachado
como una cuba y ése había sido el resultado? Pero las
páginas del capítulo anterior estaban ordenadas sobre
el escritorio. Y también me fijé en que la mesa, en medio
del barullo que imperaba en el resto de la habitación,
tenía un aire de orden y seductora virginidad, como en
otro tiempo la astuta y neutral Suiza en la Europa
destruida.
Me asaltó un sofocante sentimiento de vergüenza,
así como la necesidad de vomitar, y fui de nuevo hasta
el baño. No podría trabajar en esas condiciones. Lo que
necesitaba era aire fresco. Tal vez lograra llegar a la
biblioteca y echar una ojeada por allí. Y, ¿quién sabe?,
quizá encontrara la puerta hasta la que me había
guiado mi perro.
Anduve por Arbat tambaleándome como un
enfermo. Poco a poco, la calle volvía a la vida. La
rapidez con la que se reparaban las huellas del
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