Page 539 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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           reflexionara  y  me  acordase  de  todo...  y  entonces,  de

           repente, me di cuenta.


                  «Porque la tribulación del mundo se debe a que su


           Dios está postrado y por ello también el mundo perece.

           El  Señor  yace,  presa  de  la  fiebre,  y  por  eso  mismo

           también padece fiebre Su creación. Dios muere y con Él


           se  muere  todo  lo  que  Él  hizo  existir.  Pero  aún  no  es

           demasiado  tarde...»  Esas  fueron  las  palabras  del  niño


           del metro.


                  Lo tenía delante de mis ojos, y se moría, porque las

           metástasis se habían ido adueñando de su cuerpo y su

           cerebro.  Los  devastadores  terremotos,  los  tsunamis  y


           los huracanes eran tan sólo réplicas de sus espasmos, el

           eco de sus ataques de dolor. La profecía que había oído

           no era un simple manierismo literario de los sacerdotes


           mayas,  sino  una  tremenda  metáfora  de  los  procesos

           fisiológicos  concretos  que  poco  a  poco  aniquilaban  a


           Knorozov‐Itzamná  y  al  universo  escondido  dentro  de

           su cerebro.


                  «No es demasiado tarde...» ¿Para hacer qué? ¿Para


           salvarlo? Pero ¿cómo?


                  —Veo  que  empieza  a  comprenderlo  —observó  el

           viejo,  que  había  notado  mis  dudas—.  Eso  es  muy

           importante, porque no sólo tendrá que leerme el último


           capítulo del libro, sino también interpretarlo. Si me lo



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