Page 541 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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habla mal de los muertos. Y, al tener noticia de mi
enfermedad, todos mis parientes se transforman... Sí, la
palabra «cáncer» es tabú, tan sólo se admite la palabra
«enfermedad», como si con eso tuviera más
posibilidades de curarme. Ya no discuten conmigo, se
pasan el día tratando de animarme y de distraerme de
todos los pensamientos tristes. Pero el ángel de la
muerte ya me había besado la frente y la marca de sus
labios era visible para todo el mundo. La alegría es
forzada, la sonrisa, tensa, la dulzura de las voces no
tiene ninguna naturalidad, y, de pronto, ya casi nadie
quiere pasar un rato largo conmigo. Y yo mismo me
siento como un leproso y empiezo a evitar a mis amigos
para no agobiarlos con mi presencia. Igual que les
ocurre a los elefantes, ¿sabe usted? Cuando sienten que
la muerte se acerca, abandonan su manada y se
marchan a un lugar especial para exhalar allí su último
aliento... Los mayas me habían salvado a menudo. Ya
después de la muerte de mi mujer, me entregué en
cuerpo y alma a mi trabajo. Y cuando supe lo enfermo
que estaba, encontré mi último refugio entre los indios.
Así, decidí que en las semanas que me quedaban hasta
la operación me concentraría en el trabajo de mi vida.
Y luego caí en esta trampa del diablo. De repente
me encerraron en una caja fuerte de morfina y no sé
cuál es la combinación.
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