Page 365 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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propuesta, cuya índole, creía ella, había sido
significada al señor Last por su buen primo, el
señor Meredith Mandeville.
Corunna Square, donde vivía la señorita Pilliner,
era una pequeña, casi diminuta, plazoleta en los
más remotos parajes de Islington. Sus edificios de
dos plantas, de ladrillos amarillentos, estaban
completamente cubiertos de parras, clemátides y
toda clase de enredaderas. Frente a las casas había
pequeños arriates ajardinados, vistosamente
florecidos, y el recinto de la plaza contenía poco
más aparte de un venerable y enorme moral,
mucho más antiguo que los edificios circundantes.
La señorita Pilliner vivía en la esquina más
tranquila de la plaza. Recibió a Last con una
especie de mezcla de saludo y reverencia, y le rogó
que se sentara en un sillón de respaldo alto,
tapizado con crines de caballo. La señorita Pilliner,
según advirtió él, aparentaba unos sesenta años,
pero era, tal vez, un poco mayor. Era sobria,
íntegra y sosegada; y, sin embargo, podía uno
imaginar en ella una oculta extravagancia. En
seguida, mientras discutían sobre el tiempo, la
señorita Pilliner le ofreció un oporto o un jerez de
primera calidad, galletas dulces o bizcocho de
pasas. Y después fue derecha al asunto del día.
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