Page 425 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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zafiro, del zafiro al amatista, que bañaba con su
espuma blanca la sólida base de los grises
acantilados y los contornos de los enormes
baluartes carmesí que ocultan las bahías y calas a
poniente. Llegué a esta tierra, con sus hondonadas
purpúreas que huelen a serpol, con sus apretados
ramilletes de exquisitas y diminutas flores. Por
todas partes refulgía la bendición de la centaura, la
indulgencia de la eufrasia, el deleite de la orquídea
zapatilla. Así que los ojos fatigados se refrescaban
mirando las florecillas y las felices abejas a su
alrededor, o el espejo mágico del piélago, que iba
cambiando de maravilla en maravilla con el paso
de las grandes nubes blancas y el brillo cada vez
mayor del sol. Y los oídos, desgarrados por el
cascabeleo, el alboroto y el perezoso y vano
zumbido, eran apaciguados y aliviados por el
inefable, indecible, incesante murmullo, mientras
iban y venían las mareas, gritando con voz potente,
cavernosa, en las grutas de los acantilados.
Durante tres o cuatro días me tumbé al sol y
aspiré el aroma de las flores y del agua salada, y
una vez refrescado, recordé que había algo raro en
Llantrisant que podía investigar. No esperaba
encontrar nada especial, pues, como se recordará,
había descartado la manifiesta rareza de la
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