Page 430 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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En cualquier caso no obtuve ninguna explicación


            del  párroco  de  Llantrisant  acerca  de  la  extraña



            circunstancia de que su iglesia oliese a incienso y


            otros perfumes del paraíso.



              Recorrí  pensativo  las  calles  de  Llantrisant  de


            arriba  abajo  y  llegué  a  su  pequeño  puerto,  de


            muelles  pequeños  donde  todavía  persiste  el


            pequeño cabotaje. Estaba anclado un bergantín, en


            el que cargaban antracita con toda la pereza propia


            de  las  horas  de  sol.  Pues  una  de  las  rarezas  de


            Llantrisant es una pequeña mina de carbón en el


            corazón  del  bosque  que  hay  sobre  una  ladera.



            Crucé el terraplén que separa el puerto exterior del


            interior, y me detuve en una playa rocosa oculta al


            pie  de  una  frondosa  colina.  La  marea  estaba


            bajando y unos niños jugaban en la arena húmeda,


            mientras  dos  damas  —sus  madres,  supongo—


            charlaban  sentadas  cómodamente  sobre  unas


            mantas a poca distancia de mí.



              Al principio hablaron de la guerra, y yo me hice el


            sordo, pues estaba más que harto de oír siempre lo


            mismo,  sobre  todo  en  Londres.  Después  de  una


            breve  pausa,  la  conversación  pasó  a  un  tema


            completamente distinto. Yo estaba sentado al otro


            lado de una gran roca y no creo que las damas se


            hubieran dado cuenta de mi llegada. Sin embargo,





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