Page 608 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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buenas  guías  turísticas,  o  sea  los  cuentos  de  los


            caballeros de antaño.



              El  camino  bajaba,  subía  y  volvía  a  descender  a


            través  de  la  espesura  del  bosque.  Luego


            desaparecieron los árboles a ambos lados, aunque


            los setos eran tan altos que no me dejaban ver el


            resto  del  camino.  Y  precisamente  al  final  del


            bosque  había  una  de  esas  sendas  o  pequeños


            senderos de los que he hablado, que partía a mi



            derecha  y  serpenteaba  rápidamente  fuera  del


            alcance  de  la  vista,  bajo  el  follaje  de  avellanos,


            rosas  silvestres,  arces  y  carpes,  con  algún  acebo


            salteado  y  la  dorada  madreselva  y  la  oscura


            brionia brillando y trepando por todas partes. No


            pude  resistir  la  invitación  de  un  sendero  tan


            recóndito e incierto, que comenzaba con un rastro


            de  verde  y  profusa  hierba  sobre  tierra  todavía


            blanda pese  a  la  sequía  de este  caluroso  verano.



            Hasta donde pude divisar, el camino serpenteaba


            por  la  falda  de  una  colina,  sin  ascender  ni


            descender, y bruscamente cesaba, después de poco


            más de una milla, y me encontré en una ladera rasa


            con una senda pedregosa que descendía hasta una


            casa gris. Por su aspecto y sus alrededores, en la


            actualidad era una granja, pero había indicios de



            su antiguo esplendor: ventanas con maineles del





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