Page 84 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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muy posible que Meyrick se encontrara con ella en
Nueva York, México o San Francisco. No tengo ni
idea de los lugares que recorrió en aquel viaje.
—Sí; y también es posible que la mujer usara más
de un nombre.
—Exactamente. Ojalá se me hubiese ocurrido
pedirle prestado el retrato de ella que usted posee.
Hubiera podido adjuntárselo al Dr. Matthews en
mi carta.
Lleva usted razón, no se me había ocurrido. Se lo
podemos enviar ahora. ¡Escuche! ¿Qué gritan esos
chicos?
Mientras los dos hombres conversaban, el confuso
rumor de voces de la calle había ido en aumento.
El vocerío procedía del este y se acrecentaba en
Picadillly, aproximándose cada vez más hasta
convertirse en un verdadero tumulto sonoro, que
se apoderaba de aquellas calles, habitualmente
tranquilas, haciendo asomar rostros curiosos e
inquietos en cada ventana. Los ecos de los gritos y
las voces llegaron a la silenciosa calle donde
Villiers vivía, haciéndose más nítidos a medida
que se aproximaban. Y mientras Villiers hablaba,
la respuesta llegaba de la calle:
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