Page 92 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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desconozco. Tenía usted razón al reconocer la
expresión de su rostro; cuando vuelva a casa fíjese
en el rostro del libro de horrores de Meyrick y
reconocerá esa expresión.
—¿Tiene usted pruebas de lo que dice?
—Sí, la mejor de todas: he visto a la señora
Beaumont, ¿o debo decir señora Herbert?
—¿Dónde la vio?
—En un sitio donde difícilmente esperaría uno
encontrarse a una dama que habita en Ashley
Street, Piccadilly. La vi entrar en una casa de una
de las calles más sórdidas y de peor fama del Soho.
En realidad, había concertado yo una cita, aunque
no con ella; y precisamente fue ella la que acudió a
ese mismo lugar y a la misma hora.
—Todo eso parece muy raro, aunque no diré
increíble. Debe usted recordar, Villiers, que he
visto a esa mujer en las reuniones habituales de la
alta sociedad londinense, conversando y riendo y
sorbiendo su café en salones corrientes y con gente
corriente. Pero usted sabrá lo que dice.
—En efecto. No me he dejado llevar por
suposiciones ni fantasías. Cuando busqué a la
señora Beaumont en las cloacas de la vida
londinense, no tenía idea de que iba a encontrar a
Helen Vaughan; pero ese fue el resultado.
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