Page 95 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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clase de vida que llevaba esa mujer; si desea usted
conocer esos pormenores examine el legado de
Meyrick. Esos dibujos no son fruto de su
imaginación. La joven volvió a desaparecer y la
gente del lugar no supo mas de ella hasta hace
unos pocos meses. Mi informante me contó que la
joven había alquilado unas habitaciones en una
casa que me indicó, las cuales solía visitar dos o
tres veces a la semana, siempre a las diez de la
mañana. Llegué a pensar que una de esas visitas
tendría lugar cualquier día de la semana pasada y,
por consiguiente, me las arreglé para permanecer
al acecho en compañía de mi cicerone a las diez
menos cuarto: la dama llegó con idéntica
puntualidad. Mi amigo y yo estábamos guarecidos
bajo una arcada un poco más baja que la calle; pero
ella nos descubrió y me dirigió una mirada que
tardaré mucho en olvidar. Aquella mirada me
bastó: en seguida supe que la señorita Raymond
era la señora Herbert. En cuanto a la señora
Beaumont, ni siquiera se me había ocurrido pensar
en ella. La joven entró en la casa y yo me quedé
vigilando hasta las cuatro en punto, en que salió;
entonces la seguí. Fue una larga persecución y tuve
mucho cuidado en mantenerme a cierta distancia
de ella, aunque sin perderla de vista. Me hizo bajar
el Strand y luego Westminster; después subimos
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