Page 96 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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por St. James Street y atravesamos Piccadilly. Me


            extrañó verla torcer por Ashley Street; la idea de



            que la señora Herbert fuera en realidad la señora


            Beaumont me empezó a rondar la cabeza, pero me


            pareció  demasiado  improbable  para  ser  cierta.


            Aguardé  en  la  esquina,  sin  perderla  ni  un


            momento  de  vista  y  tuve  especial  cuidado  en


            fijarme en la casa ante la que se detenía. Era la casa


            de las cortinas alegres, la casa de las flores, la casa



            de donde salió Crashaw la noche en que se ahorcó


            en su jardín. Iba ya a irme tras este descubrimiento,


            cuando  vi  acercarse  un  carruaje  vacío,  que  se


            detuvo frente a la casa, y llegué a la conclusión de


            que la señora Herbert se disponía a dar un paseo,


            en lo cual no me equivoqué. Tomé un cabriolé y


            seguí al carruaje hasta el Parque. Allí me encontré


            casualmente  con  un  conocido  y  estuvimos


            conversando  a  poca  distancia  de  la  calzada,  a  la



            que  yo  daba  la  espalda.  No  llevábamos  allí  ni


            siquiera diez minutos, cuando mi amigo se quitó el


            sombrero y yo me volví y vi a la dama que había


            estado siguiendo todo el día.


              » —¿Quién es? —le dije.


              »  —La  señora  Beaumont  —fue  su  respuesta—;



              vive en Ashley Street.


              » Naturalmente, después de esto no albergué ya


            más dudas. No sé si ella me vio, aunque no lo creo.

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