Page 119 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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Maratón, allí los europeos eran todavía lo
suficientemente poco comunes para despertar interés.
Se llamó a un esclavo, que a su vez buscó al
mayordomo, que envió a otro esclavo, que invitó al
extraño a cruzar la puerta. El jardín que allí encontró era
tan fresco y verde como esperaba; no había temor de que
en aquella casa robasen nada de su bolsa; la comida y la
bebida serían buenas; y el mismo Creso entrevistaría en
persona al invitado durante mucho tiempo . Tenemos
suerte, muchacho, se dijo Everard, y aceptó un baño
caliente, aceites perfumados, ropa limpia, dátiles y vino
que le trajeron a su cuarto amueblado de forma austera,
con un diván y una vista agradable. Sólo echaba de menos
un puro.
Eso de las cosas que se podían conseguir.
Porque si Keith había muerto sin posibilidad de
remedio…
—Infierno y ranas púrpuras —murmuró Everard—.
¿Quieres dejarlo ya?
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