Page 370 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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un  caos  en  el  que,  sin  embargo,  se  hacían  las  cosas.

           Estibadores, conductores de asnos y otros trabajadores,


           como los marineros de las cubiertas llenas de carga, no

           llevaban más que taparrabos o caftanes gastados y llenos

           de  remiendos.  Pero  se  veían  muchos  otros  vestidos  de


           calidad,  algunos  de  los  costosos  colores  que  allí  se

           producían. De vez en cuando pasaban mujeres entre los

           hombres, y la educación preliminar de Everard le indicó


           que no todas eran putas. Los sonidos lo rodearon: charlas,

           risas, gritos, rebuznos, relinchos, pisadas, martillazos, el

           gruñido de las ruedas y grúas, las música vibrante. La

           vitalidad era sobrecogedora.



                 Y no es que fuese una escena bonita en una película


           de  Las  mil  y  una  noches.  Ya  podía  distinguir  mendigos

           tullidos, ciegos, muertos de hambre; vio un látigo golpear

           a  un  esclavo  que  trabajaba  demasiado  despacio;  a  las


           bestias  de  carga  les  iba  peor.  Los  olores  del  antiguo

           Oriente  le  sobrecogieron:  humo,  desechos,  asaduras,

           sudor,  así  como  brea,  especias  y  sabrosos  asados.  Se

           añadía a todo ello el olor de los tintes y las conchas de


           múrices de los estercoleros del continente; pero navegar

           por la costa y acampar en la orilla cada noche lo había

           acostumbrado a todo.



                 No tenía demasiado en cuenta las limitaciones. Sus



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