Page 376 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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discusión fue rápida, casi informal, y el impuesto a pagar
sería modesto. Aquella raza de negociantes no necesitaba
la complicada burocracia de Egipto o Mesopotamia.
En cuanto hubo dicho lo que quería, Everard tomó
sus bolsas por los cordones y bajó a tierra, La multitud lo
rodeó, mirando, hablando. Al principio se asombró;
después de un par de tentativas de aproximación, ya
nadie le pidió limosna ni le ofreció baratijas. ¿Era el
Cercano Oriente?
Recordó la ausencia de dinero. Un recién llegado era
poco probable que tuviese algo equivalente al cambio.
Normalmente negociabas con el posadero cama y comida
por cierta cantidad de metal o lo que llevases de valor.
Para compras menores, cortabas un trozo de un lingote, a
menos que se acordase algo diferente (los fondos de
Everard incluían ámbar y cuentas de nácar). En ocasiones
llamabas a un intermediario que se ocupaba de tu
transacción como parte de otra de mayor envergadura en
la que había implicados varios individuos más. Si te
sentías caritativo, llevabas encima un poco de grano o
fruta seca para llenar los cuencos de los indigentes.
Everard no tardó en dejar atrás a la mayoría de la
gente, principalmente interesada en la tripulación. Unos
pocos buscadores de curiosidades y alguna miradas le
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