Page 750 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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El brazo dio un giro, la mandíbula se abrió y el cautivo
cayó a tierra en el interior del campamento. Un pelotón lo
aguardaba.
—¡Prisioneros! —gritó Luperco—. ¡Quiero
prisioneros!
La grúa volvió a salir, y a salir. Era un dispositivo
lento y torpe, pero también nuevo y extraño, temible.
Luperco nunca supo lo que contribuyó a desmoralizar las
tropas enemigas. Era probable que nadie lo supiese. La
destrucción de la torre y el asalto por parte de la infantería
bien entrenada y coordinada ya eran muy malos.
Unas buenas tropas hubiesen conservado su territorio
rodeando a los pocos hombres en la salida y haciéndolos
pedazos. En las bandas bárbaras nadie tenía el mando
más allá que sobre su seguidor inmediato, ni forma de
saber qué pasaba en otra parte. Los que se encontraban
con muchas bajas no recibían refuerzos. Estaban cansados
después de su larga noche, muchos habían perdido
sangre, ni camaradas ni dioses habían venido en su
ayuda. Su valor se escapaba mientras corrían. Como una
avalancha, el resto de la horda los siguió.
—¿Deberíamos perseguirlos, señor? —preguntó el
ordenanza.
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