Page 208 - Un caso de conciencia -James Blish
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resultado decididamente explosivo de haber sido
Aristide un charlatán indiscreto. Pero él era un artista,
y no recurría a la extorsión. La idea le hubiera parecido
tan descabellada como el plagio (excepto, claro está, el
autoplagio, única forma de ir tirando cuando las cosas
van mal dadas). Por último, y en su calidad de artista,
conocía a su patrona; la conocía hasta el extremo de
que podía calcular cuántas reuniones tenían que
transcurrir antes de correr el riesgo de repetir un
efecto, una escena o una sensación.
Pero ¿qué podía hacerse con un reptiloide de tres
metros de altura semejante a un canguro?
Desde el lugar que ocupaba, una discreta estancia
columnada en el piso que daba a la calle, por donde se
accedía a la mansión Aristide atisbaba a los primeros
invitados que desde la recepción iban entrando poco a
poco al salón donde se celebraba un cóctel al estilo
convencional, uno de los anacronismos preferidos del
maestro de festejos de la condesa que, al parecer, ésta
venia tolerándole año tras año. Requería muy poca
preparación, pero en cambio demandaba las más
absurdas y casi mortales mezclas de bebidas así como
los más ridículos atuendos tanto por parte de la
servidumbre como de los invitados. La rígida facha
que éstos ofrecían, enfundados en sus trajes de
etiqueta, contrastaba divertidamente con la
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