Page 210 - Un caso de conciencia -James Blish
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Faulkner.
- No seas obseso, estúpido mentecato ‐ dijo Aristide,
que había aprendido las primeras nociones de inglés
escuchando seriales radiofónicos, lo que daba a su
charla habitual un tono estrambótico. Aristide tenia
perfecta conciencia de ello y en ocasiones como la
presente era un arma principalísima para manejar a sus
subordinados, los cuales no acertaban a distinguir
cuando hablaba desapasionadamente o cuando estaba
poseído por la cólera ‐. Váyase abajo, Faulkner. Le
llamaré cuando le necesite... si se tercia.
Faulkner hizo una pequeña reverencia con la cabeza
y desapareció. Aristide continuó observando a los
primeros invitados llegados a la reunión.
Además de los habituales estaba, cómo no, la
condesa, que todavía no le había planteado especiales
problemas. La densa capa de maquillaje se mantenía
intacta y los móviles ideados por Stefano que lucia en
los huecos de su peinado giraban plácidamente o
centelleaban los diamantes que colgaban de ellos.
Entre los presentes figuraban también los veladores del
monstruo litino en el seno de la Sociedad Subterránea,
el doctor Michelis y la doctora Meid, quienes podían
también acarrearle problemas, pues le había sido
imposible indagar lo suficiente de ellos para decidir
qué apetencias personales deseaban satisfacer en las
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