Page 215 - Un caso de conciencia -James Blish
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Sharon no es el chivo expiatorio más indicado para la
ocasión, pero tendrá que apechugar con ello. Haz como
te digo, Cyril, o te pesará.
- A sus órdenes, maestro ‐ dijo respetuosamente el
ayudante, que por cierto no se llamaba Cyril ni de lejos.
Al principio, Michelis observó la presencia del
carrilete con la mera curiosidad que suscita todo lo que
se sale de lo corriente. Pero sin que pudiera precisar
cuándo ni cómo el serpentín férreo fue haciéndose más
ruidoso conforme avanzaba la reunión. Parecía
recorrer el sinuoso trayecto de la planta cada cinco
minutos aproximadamente; pero no tardó en descubrir
que en realidad eran tres los trenes que circulaban. El
primero recogía a los pasajeros de aquel sector; el
segundo regresaba con grupos de invitados
procedentes del segundo nivel y descargaba su partida
de hilarantes reclutadores entre los cautelosamente
circunspectos concurrentes que acababan de llegar; y
el tercer carrilete, que solía ir de vacío en esta hora tan
temprana de la fiesta, acarreaba desde el subsótano a
los primeros invitados que, con los ojos vidriosos,
abandonaban la reunión y eran prestamente apartados
por la servidumbre de la condesa en un apeadero
cubierto, bastante alejado de la entrada principal y a
resguardo de las miradas de los pasajeros que
iniciaban el trayecto hacia las plantas inferiores. Luego,
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