Page 272 - Un caso de conciencia -James Blish
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ver a uno que sin una perfecta pronunciación del
idioma un extranjero no tenia posibilidades de hacerse
entender.
Por las trazas, los italianos se daban por satisfechos
con un término medio. El portero se chanceaba de la
florida prosa del cura, pero lo cierto es que acompañó
con presteza a Ruiz‐Sánchez hasta un quiosco donde
poder comprar una revista ilustrada con epígrafes lo
bastante extensos para tener la seguridad de que la
reseña sobre la aparición de Egtverchi en la
telepantalla sería bastante explicativa. Luego le llevó
por la rampa izquierda de la estación, que cruzaba la
Piazza Cinquecento, hasta el cruce de la Vía Viminal
con la Vía Diocleciana, tal como el jesuita le había
rogado. Sin pensarlo dos veces le dobló la propina. Un
guía tan eficaz resultaba doblemente valioso en
momentos en que el factor tiempo era de vital
importancia. Además, podía volver a necesitar de sus
servicios.
El mozo le dejó en la Casa del Passegero, que pasaba
por ser el mejor albergue de Italia para viajeros en
tránsito y que, según descubrió Ruiz‐Sánchez, quería
decir el mejor del mundo, porque en ninguna otra
parte existen alojamientos comparables a los aIberghi
diurni. Allí pudo depositar en consigna el equipaje,
leer la revista en la cafetería mientras sorbía un café y
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