Page 290 - Un caso de conciencia -James Blish
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ceño.


               -  No puede usted imaginárselo. Y siguen llegándonos

             por  cable  y  por  los  tubos  neumáticos  del  correo ‐


             manifestó con énfasis el funcionario de las Naciones

             Unidas ‐. Es la primera vez que veo aIgo semejante, y

             llevo once años en el comité de relaciones comunitarias


             de la QBC. La misión que desempeño en las Naciones

             Unidas es mi otra cara, ya sabe usted como son esas

             cosas. Más de la mitad de las notas testimonian un odio


             virulento  y  desbordado,  odio  patológico.  Llevo

             conmigo unas muestras de lo que digo; pero no son las

             más  acerbas.  No  acostumbro  mostrar  a  los  profanos


             aspectos que llegan a intimidarme a mi mismo.
               - Permítame leer una de ellas ‐ se apresuró a solicitar
                 Michelis.

               El representante del comité de ciudadanía le entregó

             en silencio el facsímil de una de las misivas. Michelis


             lo leyó y luego lo devolvió al hombre.

               -  Está usted más curtido de lo que cree ‐ dijo Michelis

             con  voz  grave ‐.  Yo  sólo  me  hubiera  atrevido  a


             mostrarla al jefe clínico de un asilo mental.

               El funcionario de las Naciones Unidas sonrió por vez

             primera,  mirando  a  la  pareja  con  sus  ojillos  vivos  y


             fulgurantes.  Daba  la  impresión  de  que  estaba

             sopesándolos,  no  individualmente  sino  a  la  par.

             Michelis se sentía atenazado por la penosa sensación


             de que de alguna manera el hombre interfería con su



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