Page 307 - Limbo - Bernard Wolfe
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gerentes, podía afirmar con la mayor justicia lo
mismo que el antiguo pacifista Eugene Debs: soy
ciudadano del mundo.
Evidentemente, ante las revoluciones
industriales no hay democracia posible. A falta de
una civilización de máquinas niveladoras que les
dijera lo contrario, los hombres de distintas razas
y culturas podían mirarse los unos a los otros y
sorprenderse ante lo distintos que eran... distintos
en estatura, complexión, idioma, forma de la
nariz, tipo de cabello... Pero una vez se introdujo
la máquina, primero en Occidente y luego en
Oriente, estas diferencias superficiales tendieron
a perderse en el conjunto mecanizado: después de
todo, un moreno quirguiz y un rubio irlandés de
nariz respingona trabajando en rincones opuestos
del mundo tenían algo en común: si trabajaban en
perforadoras, las perforadoras no tienen en
cuenta las diferencias nacionales. En cierto
sentido, la máquina era el gran nivelador, el
forjador de impersonalidades: tendía a aplanar
las disparidades entre gestos e idiomas y
actitudes. Pero lo que empezó la máquina lo
completó más tarde el robot. Porque sólo cuando
se desarrolló el cerebro robot se hizo evidente que
todos los hombres sobre la Tierra tenían una gran
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