Page 360 - Limbo - Bernard Wolfe
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Pro‐Pros, catalogándolo como lo que era: tan sólo



            la  variante  Immob  del  tradicional  polemista


            charlatán, con toda la inflamada dedicación del


            demagogo.  Pero  este  Anti‐Pros  era  algo  nuevo


            bajo  el  sol  político,  su  polémico  estilo  era


            absolutamente  de  una  murmurante  serenidad.


            No  arengaba:  exponía.  Sabía.  Difundía  su


            conocimiento al mundo sin ninguna presión. Esa



            total falta de comercialidad, pensó Martine, era la


            técnica  de  venta  más  sutil  que  jamás  hubiera


            visto.  Desafiarle  era  casi  tanto  como  desafiar  la


            voz de Dios. (Helder, sujetándose fuertemente en


            la litera superior, sonaba a menudo como Dios.)


            Sin duda parte del efecto se debía al hecho de que


            el hombre estaba tendido sobre su espalda, en una


            posición  inmóvil  raramente  cultivada  por  los


            agitadores. Pero era mucho más que eso. Dejando



            aparte  su  cualidad  de  inmovilizado,  o  quizá


            precisamente a causa de ella, el joven —apenas


            tendría  más  de  veintisiete  o  ventiocho  años—


            hablaba  con  la  seguridad  pontifical  de  un


            Salomón  o  de  un  Matusalén.  Murmuraba


            obscenidades,  dispensaba  pesadillas,  en  un


            plácido susurro. Su estilo oratorio (al igual que el



            de  Helder)  era  el  de  una  soberbia  machina


            ratiocinatrix...  quizá  después  de  todo  el



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