Page 1258 - Anatema - Neal Stephenson
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Evolucionaron las convenciones sociales. Yo había
pensado que alguien podía tomárselo mal si dos o tres nos
conectábamos para mantener una conversación privada.
Pero no me molesté cuando vi a Lio hablando con Osa o a
Sammann con Jules Verne Durand, y pronto quedó claro
que todos los miembros de la célula estaban encantados
de preservar la intimidad de los demás. Sammann
extendió sobre la estructura una red de cables para que
todos nos pudiésemos conectar cuando fuese necesario
mantener una reunión, y acordamos hacerlo cada ocho
horas. El intervalo entre esas reuniones era de libre
disposición. Cada uno de nosotros intentó dedicar al
sueño uno de cada tres, pero no nos salía muy bien. Yo
creía que era el único con problemas para dormir hasta
que Arsibalt se me acercó durante un periodo de descanso
y se me conectó.
—¿Duermes, Raz?
—Ya no.
—¿Dormías?
—No. La verdad es que no. ¿Qué tal tú?
Hasta ese punto había sido igual, palabra por palabra,
que las conversaciones que solíamos mantener en plena
noche cuando éramos filles recién recolectados, tendidos
en celdas desconocidas, intentando dormir. Pero entonces
dio un giro:
—Es difícil saberlo —dijo Arsibalt—. No me da la
impresión de que aquí arriba esté siguiendo un ciclo
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