Page 1313 - Anatema - Neal Stephenson
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Lo que significaba que, cuando llegamos a esa pared, ésta
se movía como alguien que camina rápido. Esa parte del
Núcleo estaba bien cubierta por una rejilla de agujeros del
tamaño de una mano, por lo que hicimos lo que el instinto
nos indicaba y nos agarramos a ella. El efecto fue una
suave pero inexorable aceleración que nos hizo girar los
pies para encajarlos en la rejilla. Ahora girábamos junto
con todo lo demás. Allí nuestro cuerpo pesaba menos que
un bebé recién nacido. Pero era la mayor «gravedad» que
habíamos experimentado en mucho tiempo y tardamos un
poco en acostumbrarnos.
Nos quedamos colgados un par de minutos, boqueando,
intentando no desmayarnos. Luego fra Jad, que no era de
los que discuten sus planes e intenciones con sus
compañeros de viaje, se apartó y voló sobre la pared del
Núcleo hacia el primero de los cuatro grandes nexos
equidistantes entre sí. Era más fácil moverse en
microgravedad que en gravedad cero, porque «caíamos»
lentamente hacia la pared del Núcleo, contra la que
siempre podíamos empujarnos de nuevo para obtener otra
dosis de impulso. Teníamos a nuestro alcance un sistema
de tránsito rápido, consistente en una especie de cruce
entre cinta transportadora y escalera que subía por un lado
del Núcleo y bajaba por el otro. La mayoría de la gente que
veíamos, o sea, unas cien personas, sobre todo soldados y
bomberos, lo usaban. Los travesaños eran elásticos, por lo
que cuando agarrabas uno, no te dislocabas el brazo.
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