Page 1348 - Anatema - Neal Stephenson
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ofrecían la alarmante noticia de que el agua estaba sobre
nuestras cabezas. Pero, de haber recorrido a ciegas ese
camino, nos habría parecido que caminábamos sobre
terreno llano… sin sensación de estar subiendo.
De la superficie interna del orbe, la mitad estaba bajo el
agua. El resto formaba el «cielo». Era azul y tenía un sol.
El azul era pintado, pero era posible olvidar ese hecho si
no mirábamos los portales de los orbes Once y Nueve.
Colgaban del firmamento como extraños cuerpos
astronómicos y estaban conectados con las casas flotantes
de debajo por medio de un sistema de telesillas. El sol era
un manojo de fibras ópticas que traía luz procesada y
filtrada que había sido recogida en el exterior del
icosaedro por medio de cuernos parabólicos. Las fibras
estaban fijas en el techo del orbe, pero dirigiendo la luz a
fibras diferentes en momentos diferentes del día se creaba
la ilusión de que el sol se movía por el cielo. Por la noche
se hacía la oscuridad, pero, como nos había explicado
Jules, la fibras llegaban hasta las instalaciones de
crecimiento, en los sótanos de muchas casas flotantes, para
el cultivo permanente. El sistema era tan productivo que
esos Geómetras eran capaces de mantener la densidad de
población de una pequeña ciudad exclusivamente con lo
que la ciudad podía producir.
En cierta forma, fue una suerte que desde el techo del
hospital pudiéramos ver tantas cosas asombrosas sobre las
que hablar, porque en caso contrario la conversación
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