Page 152 - Anatema - Neal Stephenson
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No podíamos apartar la vista de los números rojos del
procesador sintáctico. Cambiaban continuamente. Uno
era un reloj en cuenta regresiva. Otros —fuimos dándonos
cuenta poco a poco— indicaban la posición de la mesa.
Eran la transcripción literal de las coordenadas «x» e «y»
de la mesa grande, del ángulo de rotación e inclinación de
la mesa más pequeña de su centro, y de la altitud del
estallido. En ocasiones todos los números se congelaban
excepto uno: el que indicaba un simple movimiento lineal.
En ocasiones todos cambiaban a la vez, ejecutando un
sistema de ecuaciones paramétricas.
Jesry y yo miramos durante media hora sin decir nada.
Yo intentaba más que nada descubrir cómo iban
cambiando los números. Pero también pensaba en cómo
se parecía aquel lugar a la Seo, que también tenía un reloj
sagrado en el centro, y luz.
Luego, digamos, el reloj dio la hora. La cuenta atrás llegó
a cero y la luz se apagó.
Cord estiró un brazo y apartó la cortina. Se quitó unas
gafas negras protectoras y se limpió el sudor de la frente.
El hombre que estaba a su lado —a quien tomé por el
cliente— vestía unos pantalones anchos negros y un jersey
de manga larga también negro, con una gorra igualmente
negra en la cabeza. Jesry y yo comprendimos
simultáneamente qué era. Nos quedamos patidifusos.
También el Ati nos vio y retrocedió medio paso. Su larga
barba negra se le derramó sobre el pecho. Estaba
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